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miércoles, 2 de enero de 2019

Cartas a Carlos

Guantes blancos
Tacón chupete, moños exuberantes.
Él venía de brasil. Era infantil e impresionable.
Que pestañas tan largas, ojos miel. Que tan ingenuo eras y que tan pícaro fingías ser.
No pretendía ser experimentada, solo había leído en teoría, había observado maneras de querer.
No eres mi prioridad,no espero a que vuelvas a la misma hora. No me la paso sentada tratando de estudiar, mientras nos escapábamos por el centro y a dar vueltas en los colectivos en mi imaginación mil veces.
Los caramelos violeta que me trajiste de tu viaje a Francia los como de a pedazos pequeños, porque no quiero que desaparezcan, porque no me diste alguna otra cosa para que te recordase.
Tres meses se hacen un infierno.

Viendo que no piensas volver todavía te cuento que me accidente hoy en el laboratorio. Tengo que esperarte en la estación a las 7 el día 12 de octubre, entonces.
No estoy ansiosa, no te pienses importante.
Yo puedo sola, me gusta estar sola.
Pero si puedo decirte que acá los jazmines del cielo huelen fantástico y está como para recoger naranjas en la finca de Cristina.


 Carta 1


Se que te dije que me regalaras otra cosa, pero una cajita musical con la pieza “Para Elisa” no es muy original, Carlos.
Hoy voy al club; realmente cuando te conocí perdí los ánimos de hacer sociales, cacho me regaló un vestido de moda, dice que se usan en Francia.
Pienso que mi altura no me favorece, es bueno que seas mucho más alto que yo, así no me avergüenzo de usar tacos al lado tuyo.

Los delantales son tan sosos, pero me ayudan a no pensar mucho que usar a diario.
Los estudios son tan tediosos como necesarios.
Creo que empiezo a tenerle cariño a la melodía de Beethoven, quizás soy demasiado dura dando mi opinión, joder, soy demasiado sincera, no puedo evitarlo Carlos. Pero es que hay cosas que se tornan cliché con el pasar de los años.



Carta 2


Creí verte hoy por ciudad universitaria, me dio un vuelco al corazón y después racionalice las posibilidades de que estuvieras por acá, eran nulas.
¿Todavía estás negociando con tus hermanos? Te queda poco para recibirte.
Te envidio en parte, yo tengo que ver de donde saco todos los aparatos de la carrera que elegí.
Estuve pensando ir a brasil para hacer unas mini vacaciones sin contarle claro a mi mamá.

Como quieres que te quiera, si no estas aquí, como quieres que te quiera si ni te das a mi.
Y mi corazón me grita, me aprisiona sin querer
Como quieras que te quiera si no te tengo aquí, como quieres que te quiera tan lejos ya de mi.
Estos días ando aficionada al flamenco, me cambié de departamento, ya no puedo compartir con Sandra, sinceramente la quiero pero chocamos bastante.
Yo viviré, cantando las estrellas por el día que
Yo, yo, soñaré, que la vida me entrega lo que tuve ayer.
Este tercer mes se está haciendo insoportable.
Se que mi personalidad no me lo permite, y te confieso que es la primera vez que me pasa.
Pero necesito ver tu cara, Carlos.

Carta 3

Me dio risa la cara de cielo cuando le dije que también me gustaba Juan, pero eso ya es pasado, Ahora estás vos en mi vida, ¿No? Ya veremos por cuanto tiempo.
Confío que Cielo no le va a contar nada a mi mamá, ella esta de mi lado desde el momento cero, hasta vino aquí para acompañarme y vio mi forma de vida, aunque ella no está de acuerdo claro, me ayuda. Peor vos viste, te conté como era cielo, mustia, calmada, sumisa y apegada a doctrinas morales en desuso.

Aún así confío en la capacidad de Cielo de quedarse callada.




Continua.

Perséfone

Gael y sus números

Gael estuvo sentado por más de tres horas, cuarenta y siete minutos y dieciséis segundos, bajo un poste con una luz tintineante.
Son las nueve de la noche en la cuadra once, del barrio trece, de la ciudad cuatro, del país cincuenta y cinco, del planeta tres de la galaxia veintinueve. Es el universo 3.680.970 de la mente del dios número tres del panteón seis de la imaginación de alguien más.
Gael es persona 18.650.560 por infinito.
Gael juega con un anillo de acero quirúrgico en su dedo anular, regalado por su tercera madre, primera esposa de su único padre.
Mira su cuarto par de zapatillas compradas por él mismo, elegidas por su segunda novia. Ella lo espera en el primer bar de la esquina tres del centro, contando desde la fiambrera "La Estelita".
Ella está pidiendo un segundo vaso de licuado de banana con leche. Esperando una llegada, dos besos, un abrazo, una mano áspera y tres palmadas en la cabeza.
Todo mientras él espera que salga su primera novia (Primer ex novia,  primer beso, primer abrazo, primer caricia, primer amor), de la casa de enfrente.
Algo le sugiere una última visita, una última pelea, una última palabra, un último adiós.
Un último llanto, una última punzada, una última lágrima, última decepción, una última entrega.
El último amor no correspondido para él. El primer amor no correspondido para alguien más sentada en un café del centro.


Perséfone.

Es por eso que Violeta elige a Teo

Si bien Teo superficialmente es distante y no sonríe con facilidad;
Teo se levanta todas las mañanas, verifica que Violeta esté bien de salud y después riega su pequeña huerta. Prepara su desayuno y escribe a Violeta algún pronóstico del clima.
Teo no entiende la mayor parte del tiempo a Violeta. Cuando le preguntan porqué la ama, él responde: "No lo sé", en efecto no lo sabe.
Violeta sabe que Teo la escucha atentamente cuando le cuenta aquellas anécdotas sin ton ni son. Violeta ama cuando Teo gesticula imaginando el mundo de ficción del que le comenta. Donde Violeta ve una criatura mitológica, Teo ve una figura geométrica compleja. Ambos unen lo que ven y forman hipotéticas historias.
Si bien Teo no está interesado particularmente en la literatura, abre los ojos con sus poemas favoritos, intenta comprenderlos, llegar a ellos. Porque a la que quiere llegar es a Violeta.
Teo acurruca a Violeta cuando se empecina en sus malestares, pasa sus grandes manos en sus cabellos, le besa la frente. Teo no emite ni un sonido cuando Violeta está desmoronada. Conoce a Violeta, si quiere consejos, él los formulará con ferviente seriedad. Si no los quiere, callará hasta que la ira de Violeta alcance a calmar.
Teo llora en la falda de Violeta cuando la presión se hace insoportable. Violeta lo abraza contra su pecho, Violeta abraza su bondad. Violeta abraza su inocencia. Violeta abraza sus errores.
Teo se permite ser vulnerable con Violeta, se permite contarle los puntos de fuga en su ego, se permite decir con sinceridad cuando algo lo pone ansioso. Teo puede ver la sombra de malicia de Violeta, Teo puede ser la sensibilidad infantil de Violeta.  Teo llegó amar al ying yang completo.
Teo observa bailar a violeta de formas muy extrañas, se divierte con eso, se une a eso.
Violeta, que puede ver defectos en ambos,  elimina las incertidumbres cuando encuentra ese preciso momento en que Teo mira al paisaje y respira profundo. Cuando Teo ama vivir, cuando Teo elige ser humano delante de ella, cuando lo atrapa mirándola de reojo, cuando puede ser ella misma delante de él.
Violeta sabe de mentiras, Violeta sabe de amores torrenciosos, porque “Ella fue y volvió, del infierno del terror”. Violeta podría elegir Borrascosas, fantasmas, demonios interesantes. Ansió toda su vida un melodrama digno de un épico final.
Violeta elige la tranquilidad, la serenidad de una taza de café sobre una mesa vieja y un mantel plastificado. Una mano tibia apoyándose en su mejilla. Pupilas dilatadas y sinceras. Un chocolate comprado con mucho esfuerzo. Una sonrisa cómplice después de una frase sin sentido.
Cuando le preguntan por qué elige a Teo, Violeta intenta desesperadamente justificarse. Finalmente se rinde. Es por todo eso, es por nada en particular. No lo sabe, no hay razón.
Es por eso que Violeta elige a Teo.

Perséfone.

Final

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